Mariposas resilientes

Al escuchar su voz por primera vez, supe que era demasiado tarde.

De percibir una ola tentando mis tobillos, de repente el agua me sumergía hasta el cuello. Inútil emprender la huida.

Un destello trajo la certeza, como una ventana que deja entrar al futuro, de que no importaban ya sus acciones, palabras o silencios futuros. De cualquier forma pondría mi mundo de cabeza.

Y así fue. Mi sorpresa no radica en esa anticipación, si no en experimentar el enamoramiento -y la consiguiente decepción- tan sentidamente como una adolescente de 15. Sí, las mariposas despiertan de su hibernación en el estómago y la sangre se agolpa en las extremidades de mi cuerpo de 40.

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