Ventanas abiertas

Debo haber sido una niña cuando escuché el dicho que reza: cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Porque, a la fecha, acumulo cientos de ventanas con variados grados de apertura.

Ventanas para dar cabida a las más nimias posibilidades. Sea de un viaje, o un curso; pero sobre todo, para dejar un espacio a reconectar con alguien que se mudó o que dejé de ver porque cambió mi entorno escolar o laboral, o porque no era el momento adecuado para conectar.

Sin embargo, las aberturas invitan al pasado a introducirse constantemente. Y algunas comienzan a pesar como cuando se cuela la lluvia e inunda una habitación; o insectos que dejan ronchas en la piel; a veces se asemejan incluso a heridas que no cicatrizan.

Constituyen esas fotos de mi ex que dejé en un álbum; los mensajes dejados la bandeja de entrada del amigo del que no tengo noticias hace más de cinco años (y que no contestó mis últimos dos correos); los números telefónicos almacenados de conocidos a quienes no pienso llamar pero desearía que me marcaran.

Tal vez sea tiempo de cerrar esas ventanas por las que se drena energía y a través de las cuales ya nada positivo puede entrar.

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