La nube gris

Cuando percibo una nube gris sobre mí, resulta difícil moverme. Su manto me cubre como un abrigo a la medida.

Si se mueve, mi tendencia es alcanzarla porque mi vista ya se habituó a su matiz.

Observo inmóvil cómo se ennegrece y luego le reprocho cuando llueve sobre mí.

Así vivo la melancolía. Y digo que no puedo evadirla, pues domina mi temperamento.
Como si en la culpa llevara ya la sentencia.

¿Es realmente una inclinación ineludible o la inercia de perseguir nubes grises, aisladas, las cuales no llegan a tempestad, pero tampoco conducen al arcoíris?

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