Sin promesas

Cuando escucho el verbo prometer conjugado en primera persona, mi mente se paraliza unos segundos, como si oyera una alarma.

Tal vez porque evocan las promesas de políticos en campaña y de personas en quienes confié y me defraudaron.

En casa no se conjuga ese verbo. Aprendí de mis padres el predicar con el ejemplo: si dices que harás algo, simplemente lo realizas; a menos que suceda un contratiempo, lo cual muy rara vez sucede.

Recelo de los ofrecimientos de palabra; mi confianza en alguien se nutre de sus acciones congruentes.

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