Impaciencia tecnológica

La posiblidad de comunicarse con alguien a uno o 1000 kilómetros de distancia a golpe de dedos, y obtener una respuesta en cuestión de segundos, se ha vuelto la norma.

La inmediatez facilitada por la tecnología parece sorprender a muy pocos, al menos así me sugiere la casi omnipresencia de dispositivos móviles y las reacciones de sus usuarios.

Sin embargo, me causa asombro la impaciencia que estos exhiben cuando el internet falla o el celular se congela. Y la diferencia generacional es clave.

Y aunque es más notorio entre los jóvenes, también se contagia a quienes, como yo, realizamos la mayor parte de nuestros años escolares sin computadoras.

En mi caso, la desesperación por una falla tecnológica suele pasar pronto.

Tal vez porque de adolescente me provocaba ansiedad llamar por teléfono: no sabía quién me iba a contestar y, si no encontraba a quien buscaba, tenía que dejar recado sin garantía de que se lo darían.

Y porque el poder enviar y recibir correos electrónicos por primera vez, a otras partes del mundo, me pareció la octava maravilla del mundo hecha realidad. Y no había ventanas ni colores sino sistema operativo dos.

Contra la impaciencia, solo evoco una de las primeras veces al acceder a una página web mediante navegador. Tardó al menos 15 minutos en abrir. Eso era lo habitual.


 

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