Perfeccionismo

Hasta hace poco aún consideraba como una de mis cualidades principales el ser perfeccionista.

Recuerdo haberla mencionado incluso en alguna entrevista de trabajo, pues creía que reflejaba un rasgo positivo y ayudaba a desempeñarme mejor en mi puesto.

Sin embargo, la eterna perfectibilidad de las cosas y la imposible perfección del espíritu son fuentes constantes de frustración.

Pero los coaches de vida y psicólogos que he escuchado a fechas recientes coinciden en que el perfeccionismo debe evitarse.

Y el argumento más convincente para frenar esa actitud es que reduce la productividad. Resulta el efecto más palpable y el cual percibo con frecuencia como atizador de disconformidad.

Y como toda práctica arraigada, hace falta desaprenderla o estar consciente para modificar las reacciones.

Soltar un proyecto antes de una segunda -o tercera- revisión, redactar un texto de un jalón sin cambiar algo antes de terminar un párrafo, ponerme una blusa con una pequeña arruga o pliegue tras el planchado…

Supuse que me sentiría muy incómoda, pero ha pasado muy pronto. La realidad: resulta muy liberador.

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