Antofagasta

Hay palabras eufónicas a los oídos y estimulantes de la imaginación.

Algunas me gustan encantan y no necesariamente por su significado.

Como Antofagasta. La primera ocasión que la leí en referencia a un lugar, no tenía idea de dónde se ubicaba, pero me sonaba exótico y universal a la vez. Y al aprender de los telescopios que desde ahí captan cuerpos celestes, el nombre me invita a viajar y soñar con otros mundos.

O acaso porque encuentro fortaleza en las palabras de más de tres sílabas.

Andrómeda me evocaría un ciclón si no supiese de la constelación. Y al paseo estelar se suma el mitológico, pero con relación a Perseo y Medusa, resulta un personaje secundario. No, en mi repertorio de símbolos su nombre es protagonista de una historia fuera de lo ya contado.

Por su concepto, me gustan las posibilidades de divagación, insondable, nostalgia, etéreo… Y, aunque más cortas: hastío y sublime.

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