Treinta y diez

Pensé en dos números para intentar amortiguar el golpe de la suma y concentrarme en el paso de sólo un año más. Imaginaba a alguien preguntándome mi edad y ni siquiera podía articular el número.

Aunque por lo general me opongo al uso de eufemismos, ahora buscaba uno afanosa pero infructuosamente.

Frases como “los 40 son los nuevos 30 (¡o los 20!)” o  “la edad es una cuestión mental“, más que provocar simpatía en los más jóvenes o (triste) empatía en los mayores, parecen enfatizar la resistencia y desazón a un punto de no retorno.

Porque, en números redondos (estadísticamente es antes, al menos en el promedio mundial de 71.4, según el BM), resulta más claro que ya rebasamos la mitad de la expectativa de vida.

Ciertamente no hay forma de suavizar los datos duros, ni de endulzar el oído con “treinta y diez”. Por eso opté por ensayar hasta poder decir en voz alta, con firmeza: “Cuarenta”.

Sobre si llegué a decirlo sin pena o con orgullo, es otra historia.

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Mariposas resilientes

Al escuchar su voz por primera vez, supe que era demasiado tarde.

De percibir una ola tentando mis tobillos, de repente el agua me sumergía hasta el cuello. Inútil emprender la huida.

Un destello trajo la certeza, como una ventana que deja entrar al futuro, de que no importaban ya sus acciones, palabras o silencios futuros. De cualquier forma pondría mi mundo de cabeza.

Y así fue. Mi sorpresa no radica en esa anticipación, si no en experimentar el enamoramiento -y la consiguiente decepción- tan sentidamente como una adolescente de 15. Sí, las mariposas despiertan de su hibernación en el estómago y la sangre se agolpa en las extremidades de mi cuerpo de 40.